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dom, 21 Abr 2024

Quien fue y que hizo el Conscripto Bernardi. Por José Narosky

 

 

“La nobleza está en la madera. Nunca en el lustre”.

 

Quien esto escribe, residió en la ciudad de Adrogué, al sur del Gran Buenos Aires, durante muchos años.

A 200 m de mi domicilio había una calle llamada Conscripto Bernardi.

Pero, quien es y qué hizo el Conscripto Bernardi.

Corría el año 1927. Había transcurrido casi una década desde la finalización de la Primera Guerra Mundial y Europa arrastraba aún serias dificultades de todo orden, derivadas de la contienda bélica.

Por ese motivo, muchos eran los que emigraban del viejo continente en busca de nuevos horizontes.

Un elevado porcentaje de ellos pensaron en América del Sur y especialmente en la Argentina, tierra de prosperidad, paz y trabajo.

De tal manera, las empresas de navegación frecuentemente agotaban la capacidad de sus embarcaciones, cuando éstas se dirigían a puertos sudamericanos.

La preocupación de muchos, era en aquel entonces, salir del caos europeo e intentar vivir de otra forma en los jóvenes países del otro lado del Atlántico.

Así, colmado de inmigrantes partió el transatlántico “Principessa Mafalda”, en el que alguna vez había navegado Carlos Gardel, se disponía a realizar su último viaje, pues ya su ciclo de vida útil se daba por concluido.

Había sido botado en 1907. Y transcurría, repito el año 1927.

Para aquella época era un buque lujoso, confortable y seguro.

Desplazaba 9.200 toneladas.

Las autoridades Italianas, aun conociendo el lógico desgaste del barco, luego de 20 años de surcar los mares, decidieron realizar un último viaje.

Pero sus cansadas máquinas ya no respondían debidamente. Por otra parte, la estructura de la nave no ofrecía la seguridad de antaño.

Sin embargo, fueron desoídas varias advertencias y el “Principessa Mafalda” zarpó de Génova –Italia- con destino a Buenos Aires, en octubre de 1927, con más 1200 personas entre pasajeros y tripulantes.

A raíz de una fortuita circunstancia, viajaban también dos ciudadanos argentinos pertenecientes a la dotación de la gloriosa “Fragata Sarmiento”, el cabo principal Juan Santoro y el conscripto Anacleto Bernardi, -el Conscripto Bernardi- que regresaban a nuestro país para continuar la convalecencia de una enfermedad contraída por Bernardi en Europa, que le había impedido regresar con la Fragata Sarmiento.

El Cabo Santoro se había quedado en Italia para cuidarlo.

Después de 15 días de navegar con ciertas dificultades –debidas al estado del barco- al amanecer del 25 de octubre de 1927, ya estaban cerca de Brasil.

El problema principal del buque estaba en la Sala de Máquinas.

Además, la posición del transatlántico preocupaba bastante, pues marchaba algo inclinado a babor.

A las 19 hs. aproximadamente, un contingente de pasajeros pasó al comedor.

Al rato, y en medio del bullicio y la algarabía de los asistentes, se escuchó claramente un fuerte ruido, como si hubiese ocurrido una explosión.

Todos presintieron que algo grave estaba pasando, más aún, al oírse un toque de alarma.

Los tripulantes, con fingida calma, aseguraban que sólo se había abierto un pequeño boquete debajo de la línea de flotación en el casco de la nave, en la parte de popa y que no había riesgo alguno.

Las nerviosas idas y venidas de los marineros y la actitud del capitán dando órdenes desde el puente de mando, estaban diciendo a las claras que la situación era de extrema gravedad.

El pánico comenzó a posesionarse de todo el pasaje.

La confusión se hizo total.

Con premura fueron arriados los botes salvavidas, que atestados de gente eran enviados al mar.

Allí, excedidos de peso, muchos zozobraban sin remedio.

El “Principessa Mafalda” se hundía lentamente y la noche iba cubriendo el trágico escenario del desastre.

Mientras tanto, se acercaban al lugar a toda máquina, dos barcos, el “Empire Star” y el “Alhena”, que habían captado los pedidos de auxilio.

Por relatos de sobrevivientes, se pudo saber de la loable y temeraria intervención de los marinos argentinos, Anacleto Bernardi y Juan Santoro, en tareas de ayuda y socorro de los náufragos, llevándolos en sucesivos viajes a nado hasta las lanchas de rescate de los barcos que se habían aproximado al lugar.

Heroico gesto de esos dos muchachos criollos, que despojados de todo egoísmo, prestaron su invalorable ayuda y realizaron ese titánico esfuerzo en beneficio de los demás.

En esa tremenda lucha, el Cabo Santoro fue recogido exhausto.

El Conscripto Bernardi, quizá obsesionado por el propósito de salvar una vida más, ofrendó la suya, sucumbiendo pasto de los tiburones.

Y no solo en Adrogué hay una calle que lo recuerda, sino que también en otras localidades del Conurbano Bonaerense. También un pasaje en Villa Luro, lleva su nombre.

Quizá algún día, un monumento en nuestra ciudad de Buenos Aires, rendirá un merecido y justiciero homenaje a su admirable abnegación y valentía.

Y este ser humano cabal, nos hace pensar que si bien hay quien todo lo mancha, existe también quien todo lo purifica.

Porque el Conscripto Bernardi –que tenía sólo 21 años- fue sin duda, uno de los hombres que hacen el bien por una necesidad vital. Y su acción y su recuerdo inspiraron en mí este aforismo.

“La vida es un gran desierto. Pero existen también grandes oasis”.

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