Quinquela Martín. Por José narosky

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“Todos caminaron. Pero pocos dejaron huellas”.

Considero que el hombre es muchas veces, artífice de su propio destino.

Un artista argentino, uno de nuestros grandes pintores, ni siquiera conoció a sus padres.

Apareció abandonado en una cajita, en la puerta del Hogar de Niños, con una esquela que decía:

-“Este niño fue bautizado como Benito Juan y seguía su apellido: Martín”.

Fue criado como hijo adoptivo por una humilde familia, Chinchella de apellido. En Italiano se pronuncia Quinquela.

Se crió en la pobreza de un barrio muy modesto: La Boca. Y recién a los 20 años –y por sí mismo- mérito muy especial aprendió a leer y a escribir correctamente.

Desempeñó durante mucho tiempo un oficio rudo y difícil: estibador de carbón en el puerto.

Su primer lápiz de dibujo fue el mismo carbón que transportaba sobre sus espaldas.

Con todas estas desventajas, pero con un gran talento, este pintor argentino logró fama, riqueza y el honor –en vida- que sus cuadros se exhibiesen en los principales museos del mundo: Roma, Madrid, Londres, París.

Pero ya para siempre, Quinquela Martín, el Riachuelo y la Boca serán casi una sola cosa.

Porque Quinquela nació en la Boca, a un paso de la Vuelta de Rocha.

Allí sufrió, allí encontró su destino y allí fue la gloria a buscarlo con su mejor sonrisa, para llevarlo de la mano por el camino de los triunfadores.

Primero pintó paisajes. Luego Quinquela se dedicó a expresar en sus telas, los cascos heridos de las naves, las cimbreantes planchadas hormigueando de hombres encorvados y las garras siniestras de los guinches.

La autenticidad de sus cuadros surgía del hecho que antes de pintar los regueros humanos de los cargadores de carbón, él había formado parte de ellos.

Plasmó en sus obras y murales gigantescos, toda la vida de la ribera, desde el amanecer hasta el ocaso.

Fue un pintor colorista y muy personal.

A los 24 años el Presidente de la República, Marcelo T. de Alvear, le otorgó una beca para perfeccionarse en España e Italia.

Luego regresó varias veces a Europa para exponer sus obras. Y en esas giras ganó dinero, prestigio internacional y obtuvo también la sugestiva sonrisa de las mujeres que en un idioma universal la regalan solamente a los hombres que nacen bendecidos por los dioses.

Ya Quinquela Martín, triunfador, regresó a su barrio de la Boca, a su mismo “atelier” de siempre.

No buscó un lugar lujoso de Palermo Chico por ejemplo. Hubiera sido ajeno a su manera de ser.

Buscó sí, el viejo rincón de sus antiguos sufrimientos, las mismas calles sureñas de su bohemia adolescente.

Posteriormente fundó de su propio peculio, la Escuela-Museo Pedro de Mendoza, que él mismo dirigió por muchos años y aún existe junto a una escuela primaria que funciona donde tuvo su casa y su atelier.

A los 83 años ganó el gran Premio del Fondo Nacional de las Artes.

Dos años antes, a los 81 años, había sido nombrado Profesor Honorario de la Universidad de Buenos Aires.

Con ese motivo, se realizó un acto en su homenaje.

Allí expresó con la sencillez de “los iluminados que saben agregar luz a la luz”:

-“Tuve muchos halagos en mi vida”, decía. “Pero que un estibador del puerto que a los 19 años casi no sabía leer. Que le costaba escribir bien su propio nombre, lo hubiesen designado profesor de la Universidad, es más de lo que hubiera soñado”.

“Y les digo a los jóvenes estudiantes: luchen, trabajen, busquen, que todos los que llegaron, siempre debieron luchar para llegar.

Porque peor que muchos fracasos son pocos intentos…”

Un 28 de enero de 1977 teniendo más de 86 años moría Benito Quinquela Martín.

Cultivó la pintura, para la que quizá Dios, lo eligió.

Porque muchos caminaron. Pero pocos dejaron huellas.

Fue un ejemplo de tenacidad, de lucha contra las circunstancias adversas, de voluntad férrea, “esa voluntad de triunfar que no otorga el triunfo, pero que lo acerca…”

Y ese tesón inclaudicable de Quinquela Martín trae a mi mente este aforismo que quiero dedicarlo a este insigne pintor argentino

“Para remontar vuelo, primero hay que caminar”.

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