FRÉDÉRIC CHOPIN: LA LEYENDA QUE LE PUSO POESÍA, BELLEZA Y FANTASÍA AL PIANO

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Por José Narosky

“La música no sólo imita a la vida. La ennoblece…”

Exactamente tres meses antes de nuestra fecha patria –un 22 de febrero de 1810- nacía en una aldea cercana a Varsovia, la capital de Polonia, nuestra figura de hoy. Quizá, o sin quizá, fue el compositor de música clásica más accesible para aquellos que no sienten predilección por este tipo de melodía.

Es que la música de nuestro protagonista, que la creó sólo para piano, tiene esa mezcla de poesía, belleza y fantasía que puede tocar el sentimiento de todo ser humano sensible Tuvo este músico una existencia breve –vivió apenas 39 años- pero muy rica en creatividad, en viajes, en halagos.

Y viene a mi mente una reflexión que me hiciera hace un tiempo un amigo. Me decía: “Para vos, Narosky, todos sus personajes son nobles, bondadosos, cálidos”. Recuerdo que le contesté: “Yo no les fabrico virtudes”. Perdóneseme la expresión.

Lo que sucede es que prefiero elegir seres en los que el talento y la condición humana, tan importante una como otra, se den juntas. Y hago esta aclaración, porque el protagonista de hoy era un hombre egocéntrico e incluso egoísta.

No puede negársele una exquisita sensibilidad. Pero, en este caso, el músico fue muy superior al ser humano. Se podría decir, y le atañe, que “cuando el artista necesita admiración, no merece ser admirado”.

¡Pero son tan hermosos en él sus valses, sus mazurcas, sus polonesas, que al traerlo a esta nota voy a hacer una excepción, mencionando sus valores musicales!

Su padre era francés y profesor de ese idioma. Su madre, polaca, pertenecía a la nobleza de su país.

A los 20 años, nuestra figura, que estudiaba piano desde los seis, decidió viajar a Francia. Ya no volvería jamás a Polonia. En París logró de inmediato un gran prestigio como ejecutante de piano y como compositor.

Se lo considera, junto con el húngaro Franz Liszt, uno de los dos mejores pianistas de su tiempo. Y en casa de Liszt, precisamente, conoció a una famosa escritora que utilizaba un seudónimo masculino y que vestía incluso ropa masculina: George Sand.

Ella era varios años mayor que él y muy adinerada. Y viajó con la escritora a Mallorca, una bella ciudad española. Pero el talentoso músico y pianista sufría una bronquitis muy fuerte, y hemorragias, que preanunciaban una tuberculosis. La escritora, entonces, lo abandonó; ¡Qué humana la dama!

El genial músico comenzó a sufrir pesadillas y alucinaciones. Además, en lo espiritual le dolía el drama de su Polonia natal, que había caído bajo el dominio de la Rusia zarista. Los rusos –que ocupaban Polonia- prohibieron el idioma polaco, sus cantos y los trajes nacionales.

La música de nuestro hombre, no permitida, se oía en muy pocos lugares y sólo como una especie de símbolo espiritual de la resistencia al invasor. ¡Pensar que 100 años después, cuando los alemanes invadieron Polonia, en la Segunda Guerra Mundial, la última pieza que emitió Radio Varsovia, antes de ser tomada, fue música de este compositor!

Su salud se iba resquebrajando cada vez más. Tampoco tenía dinero y le habían quedado, como consecuencia, muy pocos amigos, hecho muy común. Y llegó el 17 de octubre de 1849. En su modesta habitación de París, se apagaba la vida de este músico, que escribió casi 200 obras, todas sin excepción, de gran colorido y muy grata sonoridad.

Tenía solamente 39 años, lo repito. Su imaginación y la dulzura de su música, “tocaron” y siguen haciéndolo, el sentimiento de hombres de todas las latitudes, creencias y razas.
“Porque los grandes del arte, derriban todas las fronteras…”

Y una paradoja. Su ballet “Las Sílfides”, considerado por muchos el más hermoso que haya compuesto un músico, no pudo estrenarlo en vida. Y recién en 1909, cuando habían transcurrido ya 60 años de su muerte, el mundo se recreaba al estrenarse ese ballet.

Nuestro protagonista de hoy, que fue un singular creador de belleza que es “una de las formas de vencer a la muerte”, con sus altibajos emocionales, e incluso económicos, que los tuvo, trae a mi mente este aforismo:

“La música no garantiza la vida. Pero la ilumina…”

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